INGENIERÍA Y ARQUITECTURA

MENOS ES MÁS: El regreso de lo MINIMAL

estilo minimal

Una exposición sobre arte minimalista de la colección Helga de Alvear en Madrid nos sirve para recordar en qué consiste realmente este tipo de arte, de dónde viene y por qué es importante.

Hace unos meses  se inauguró en el Centro de Arte Alcobendas La perspectiva esencial. Minimalismos en la colección Helga de Alvear, una exposición que nadie debería perderse por varios motivos.

Uno de ellos es el asombro que produce que en Madrid exista una colección privada tan generosa –tanto cuantitativa como cualitativamente– que se demuestre capaz de ofrecernos todo tipo de posibilidades segmentada desde distintos ángulos, incluyendo secciones de corte temáticas, conceptuales, formales e históricas.

Y otro, igual de importante, es que la muestra ilustra de manera bastante exhaustiva las distintas facetas del arte minimalista o minimal.

En los años 60 del pasado siglo y, sobre todo en América, los excesos emocionales y la propensión al ilusionismo demostrados por el expresionismo abstracto hicieron evolucionar el movimiento hacia una fría depuración.

Algunos de sus autores, como Ad Reinhardt, Mark Rothko o Barnett Newman, ya incorporaban este germen en su obra, y sirvieron de precedente a los pintores de la llamada “abstracción pospictórica” como Frank Stella, Morris Louis o Elsworth Kelly, que a su vez se dividían en dos vertientes: la pintura de “campos de color” y la de “borde duro”.

 En estos artistas la pintura dejaba de ser una ventana abierta a otra realidad, y abandonaba los elementos emocionales pero también los esotéricos y espirituales para resaltar su condición de objetos bidimensionales, de puras composiciones de colores y formas geométricas.

Lo que, de alguna forma, retomaba lo emprendido décadas antes por el suprematismo y el constructivismo ruso, de Málevich a Ródchenko, por los artistas de Die Stijl, con Mondrian a la cabeza, y por cierto sector de la Bauhaus (Josef Albers).

Pero el minimal ha conocido un desarrollo especialmente fértil en la escultura: así tendríamos los neones de Dan Flavin (merece la pena, por cierto, ver la exposición que ahora le dedica la galería madrileña Cayón), las composiciones de poliedros de Donald Judd o Robert Morris, las imponentes masas de Richard Serra o las formas arquitectónicas de Bruce Nauman, pero también la antimonumentalidad de Carl Andre, el peso conceptual de Sol LeWitt o la mutación hacia el povera de Eva Hesse.

Los elementos que pueden rastrearse en la mayor parte de estos trabajos son la tendencia a la geometrización y a la serialización (no olvidemos el marco de la sociedad de consumo de los sesenta), pero sobre todo la aparente indiferencia estética que producirían en un público no educado.

En realidad, la apuesta de los artistas del minimalismo pasa por renunciar a los aspectos autobiográficos, emocionales o espirituales en sus trabajos, que a cambio encuentran sentido en el diálogo que establecen con el espacio que ocupan.

Y promueven que el espectador se aproxime a ellos desde una apertura a las sensaciones que esa relación con el espacio, y con su propia corporeidad, les provocan.

En teoría no puede diferenciarse una escultura minimalista de cualquier otro objeto, pero es que en última instancia una escultura, cualquier escultura, es también y ante todo un objeto. Es desde esa asunción que opera el arte minimal.

Sería en 1966, con la exposición Primal structures en el Jewish Museum de Nueva York, cuando esta tendencia conoció una difusión más amplia.

Y la psicología de la forma o Gestalt o la febomenología de Merleau-Ponty sirvieron de marco científico y filosófico que también favoreció su expansión. El minimalismo y sus derivaciones han seguido generando abundantes frutos hasta hoy, tal y como demuestra ahora el Centro Alcobendas.

Se reúnen allí desde precedente históricos como Yves Klein, Ad Reinhardt o el Homenaje al cuadrado (1963) de Albers hasta las grandes esculturas de Asier Mendizábal (2011) o las planchas de bronce pulido de Adrian Sauer (2017). No faltan los iconos como Donald Judd, Carl Andre o Dan Flavin.

Tienen cabida asimismo los exquisitos collages de papel de Elena Asins y el geometrismo de Carmen Herrera o Lygia Clark. Se exploran las áreas de intersección con el puro conceptual (Aballí, Franz Erhard Walther), o incluso el pop (Ed Ruscha, Yayoi Kusama).

Y encontramos también un cubo rojo en material acrílico de Anish Kapoor o un arquitectónico Pavilion de Dan Graham, por cierto de dimensiones mucho más reducidas que la enorme pieza que la propia Fundación Helga de Alvear acaba de adquirir en ARCOmadrid a la galería Hauser & Wirth, y que ya se convirtió en uno de los imanes de la feria.

Y, sobre todo, no sin ironía, se hace literal esa asimilación despectiva que en alguna ocasión se ha realizado del arte minimalista con el puro mobiliario cuando llegamos hasta una mesa y unas sillas en madera contrachapada de Donald Judd.

Se trata, en fin, de un excelente recorrido por las distintas estaciones de la vía minimal (esos “minimalismos”, en plural, a los que el título alude), y también de un acercamiento a una colección de arte que, por su poderío y pertinencia, reclama paradójicamente que “más es más”.

Fuente: Arquitectural Digest

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